- Un estudio longitudinal con 11.828 adultos encuentra peores puntuaciones cognitivas tanto con sueño corto o prolongado como con niveles extremos de actividad física.
- Los datos son observacionales y no permiten concluir que una combinación concreta de sueño y ejercicio evite por sí sola el deterioro cognitivo.
La relación entre sueño, actividad física y rendimiento cognitivo parece depender más del equilibrio que de maximizar una sola de esas variables. Un estudio publicado este 16 de agosto en Scientific Reports encuentra mejores puntuaciones cognitivas entre adultos que declaraban dormir entre seis y ocho horas y se situaban en niveles intermedios de actividad física.
Los investigadores analizaron información del China Health and Retirement Longitudinal Study, un gran estudio nacional de seguimiento de adultos de mediana edad y mayores.
El análisis reunió 34.714 mediciones correspondientes a 11.828 personas de 45 años o más, obtenidas a través de cuatro oleadas de seguimiento realizadas entre 2011 y 2018. La edad media de los participantes era de aproximadamente 60 años.
La duración del sueño se clasificó en tres grupos: menos de seis horas, entre seis y ocho horas y más de ocho. La actividad física se calculó a partir de cuestionarios sobre frecuencia e intensidad y se dividió posteriormente en niveles bajo, medio y alto.
Frente al grupo que dormía entre seis y ocho horas, tanto quienes declaraban un sueño más corto como quienes superaban las ocho horas presentaban puntuaciones globales algo inferiores en las pruebas cognitivas.
También apareció una relación no lineal con la actividad física. Los grupos de actividad baja y alta obtuvieron puntuaciones ligeramente inferiores respecto al nivel intermedio utilizado como referencia estadística.
La combinación asociada a peores resultados fue la de sueño prolongado y baja actividad física. Los autores encontraron además que una actividad moderada tendía a reducir estadísticamente parte de la asociación observada entre sueño corto y peor función cognitiva, aunque ese resultado concreto no alcanzó significación estadística convencional.
Estas asociaciones necesitan varias cautelas importantes. El estudio no asignó aleatoriamente a las personas diferentes cantidades de sueño o ejercicio. Se trata de un análisis observacional y, por tanto, no puede demostrar que esos hábitos sean directamente responsables de las diferencias cognitivas.
La actividad física y la duración del sueño fueron además autodeclaradas, lo que introduce margen de error. Una persona puede recordar incorrectamente cuánto duerme o cuánto ejercicio realiza.
Los valores empleados para dividir los grupos de actividad tampoco deben interpretarse como una nueva receta clínica. Los investigadores utilizaron terciles estadísticos de su propia población y no establecieron una cantidad universal de ejercicio aplicable a cualquier persona.
Otro aspecto importante es que el estudio mide función cognitiva mediante diferentes pruebas, pero no demuestra que dormir seis u ocho horas o realizar una determinada cantidad de ejercicio prevenga Alzheimer u otras demencias.
Los resultados sí refuerzan una idea general ya presente en la investigación sobre envejecimiento: sueño y actividad física no actúan necesariamente de forma aislada y pueden analizarse conjuntamente cuando se estudian factores asociados a la salud cerebral.







