- El estudio combina información de actividad de 2.222 participantes durante 8.447 personas-año con un indicador clínico de envejecimiento denominado PhenoAge.
- Una mayor intensidad del ritmo entre actividad y descanso se asoció con entre un 26% y un 46% menos de probabilidades de envejecimiento acelerado.
Los relojes y pulseras de actividad pueden aportar información sobre algo más que el número diario de pasos. Un estudio publicado el 22 de agosto en Nature Communications ha utilizado varios años de registros de Fitbit para analizar cómo se distribuyen la actividad y el descanso a lo largo del día y comprobar si esos patrones se relacionan con la trayectoria del envejecimiento biológico estimada mediante biomarcadores clínicos.
La investigación utiliza datos de 2.222 participantes del programa All of Us, una gran iniciativa estadounidense de investigación sanitaria. En conjunto, los autores analizaron 8.447 personas-año de registros longitudinales obtenidos mediante dispositivos comerciales y los relacionaron con PhenoAge, un indicador construido a partir de diferentes medidas clínicas que intenta estimar si determinadas características fisiológicas corresponden a un envejecimiento más rápido o lento que el esperado.
Los resultados señalan que no importa únicamente cuánto se mueve una persona, sino también la intensidad y organización temporal de su ciclo diario de actividad y descanso. Los participantes que mostraban ritmos más marcados presentaron entre un 26% y un 46% menos de probabilidades estadísticas de encontrarse dentro de la categoría de envejecimiento acelerado utilizada por el estudio. La estabilidad y el momento del día en el que aparecía la actividad aportaron asimismo información adicional.
Las asociaciones no fueron exactamente iguales entre hombres y mujeres. El horario y la regularidad presentaron relaciones más fuertes con la trayectoria de envejecimiento en las participantes femeninas, mientras en los hombres apareció un patrón más complejo, con alteraciones concentradas durante primeras horas de la mañana y rebotes tardíos de actividad entre quienes mostraban envejecimiento acelerado. Los autores consideran que esas diferencias necesitan estudios específicos antes de atribuirlas a un mecanismo biológico concreto.
El resultado tampoco demuestra que cambiar deliberadamente la rutina registrada por el reloj vaya a reducir la edad biológica. Se trata de un análisis longitudinal observacional y los patrones de actividad pueden reflejar muchos otros factores: salud previa, horarios laborales, calidad del sueño, enfermedades, medicación, situación social o capacidad física. El estudio identifica una relación útil como posible biomarcador digital, pero no una intervención capaz de rejuvenecer a una persona.
PhenoAge tampoco representa una medida directa de la edad real de cada órgano. Es una construcción estadística derivada de biomarcadores y riesgo de mortalidad, diferente de los relojes epigenéticos basados en metilación del ADN. Por ello esta investigación no duplica los trabajos recientes sobre relojes de “edad biológica”: aquí la cuestión es si los patrones captados de manera pasiva por un dispositivo comercial pueden ayudar a detectar trayectorias asociadas al envejecimiento.
La utilidad futura podría estar precisamente en ese seguimiento continuo. Una analítica proporciona información en un momento concreto, mientras un wearable puede registrar miles de horas de vida cotidiana sin que la persona tenga que acudir a un laboratorio. Antes de convertir esas medidas en una herramienta clínica será necesario demostrar que aportan información adicional suficientemente fiable y comprobar si detectar cambios tempranos permite mejorar realmente prevención, diagnóstico o resultados de salud.









